Antes de empezar la sesión de tarde, varios empleados pasan cuidadosa y eficazmente la aspiradora por la pista central del pabellón, para que ni una mota de polvo en las ocho calles de 60m de longitud estorbe las zancadas veloces que unas horas después deberían conducir a Christian Coleman a su primer título universal de velocidad. Como si la planilla de un programa estudiada a la décima de segundo meses antes y así emitido, a las 21h 9m y 6,37s exactamente, el mundo supo que Coleman no solo era el más rápido de la historia en la distancia, sino también campeón mundial tres días antes de cumplir 22 años.
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