En 2003, un joven Denis Urubko alcanzó el campo base del Nanga Parbat calzado con unas deportivas que le iban pequeñas. Realizó la larga aproximación hasta el pie de la montaña con unas modestas zapatillas que dejaban ver sus talones. Entonces, ganaba 50 dólares al mes como soldado kazajo y los gastos de la expedición a la que pertenecía quedaron sufragados por el ejército. Un general entrado en años acompañaba a Urubko y a sus compañeros, les indicaba dónde montar los campos observando la ruta desde el campo base con unos prismáticos y les prohibía ver películas por la noche. Los alpinistas kazajos, por muy militares que fuesen, montaban los campos donde siempre se habían montado y veían dvds a hurtadillas en la tienda comedor de la expedición vecina. Todos eran muy fuertes.
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