Escondida entre la campiña inglesa, rodeada también de mansiones distinguidas, la ciudad deportiva del Chelsea saluda con hermetismo a los visitantes. Hasta que aparece Cesc Fàbregas con su gorra calada hacia atrás y una sonrisa de oreja a oreja, por más que afuera caigan gotas sin cesar y haga un frío polar. Se siente querido en el Chelsea, pieza capital para Conte en la composición del juego. Ahora, se mide con el Barça, la casa en la que se formó y a la que volvió antes del Chelsea. “No es el momento de hablar de eso”, apunta como única condición de la entrevista. Lástima, porque tiene la madurez de la palabra que consiguió hace muchísimo tiempo con los pies.
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