El teléfono despierta el martes por la mañana a Quim Salarich. “¿Qué querrá el presidente?”, piensa antes de escuchar al responsable federativo: “Cancela los planes, que te vienes a Madrid a la rueda de prensa oficial: vas a ser olímpico”. Hasta un minuto antes, Salarich, esquiador de 24 años, pensaba que el plazo para serlo expiraba el día 26, por lo que daba por imposible convertirse en el 13º miembro del equipo español en los Juegos de Pyeongchang, que se inauguran este viernes.
Con la bola extra ganada por Salarich, la delegación española en Corea tendrá siete representantes menos que en Sochi y cinco menos que en Vancouver 2010. Es el reflejo, dicen desde la federación de Deportes de invierno, del endurecimiento de los criterios federativos, validados por el COE y el CSD, para asegurarse una participación competitiva. El desierto olímpico del invierno español dura ya 26 años —olvidadas las medallas de Juanito Muehlegg en 2002, invalidadas por dopaje— y las autoridades deportivas no quieren el espíritu de “ir a participar”. Quieren resultados.
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