En el patinaje artístico sobre hielo suelen ser decisivos elementos imperceptibles para la mayoría de los seres humanos. Entre tanto tecnicismo un salto destaca muy por encima del resto, una proeza física al alcance de muy pocos, ejecutada por primera vez en 1988: el cuádruple, cuatro rotaciones en el aire. En 2014, Javier Fernández era de los pocos que se atrevía a meter tres en el ejercicio largo (cuatro minutos y medio), una combinación extenuante. Un ciclo olímpico después, el madrileño no ha elevado su apuesta y los rivales por el podio en Pyeongchang se atreven con hasta cuatro o cinco. Por edad, él mismo ha admitido que está ante su última oportunidad para lograr la medalla olímpica que se le escapó en Sochi, donde fue cuarto. Sería el broche a una carrera cuya retirada empezará a planificar cuando acabe esta temporada.
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