Tuve que dejar el Levante-Real Madrid en el descanso, con 0-1. La segunda parte la vi después de los Goya ya sabiendo, por el WhatsApp de un examigo, que el partido había acabado en empate. El mensaje, eso sí, no especificaba el resultado. Así que cuando Isco marcó el 1-2, a falta de nueve minutos, me tuvieron que sujetar para no estampar la televisión contra la ventana. Grité “¡vergüenza, vergüenza!” mientras vecinos aterrorizados llamaban a la puerta tratando de saber el grado de locura de un madridista que maldice un gol de su equipo a las tres de la madrugada. Pero ése es el resumen del Madrid 17/18: que sus propios goles sean recibidos con espanto.
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