Unai Emery y Nasser Al-Khelaifi viajaron en la primera línea de asientos del autobús que llevó al PSG del Bernabéu a Barajas, en la noche del miércoles. A la izquierda, con la frente contra la ventana, el entrenador con la mirada clavada en la nada a través del cristal; a la derecha, Al-Khelaifi, el presidente del club, con el rictus de la rabia endurecido en la cara, incómodo, como si la proximidad con su acompañante le incomodase. El autobús no se había detenido cuando el dirigente ya estaba de pie lanzado hacia la puerta para desaparecer en la terminal lo antes posible. Emery tardó un rato en levantarse de su asiento. Cuando lo hizo la plantilla ya se había ido, dejándole solo. Le aguarda el viaje más duro de su carrera como entrenador. Si no levanta la eliminatoria el 6 de marzo en París su trayectoria quedará irreparablemente dañada.
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