dimanche 21 janvier 2018

La vida sin fútbol

Cae de cajón que en una vida sin fútbol algunos aficionados se darían prisa en apuntarse a un seminario sobre Baudelaire o Pascal. Puede que alguien se interesase por el jai alai o la práctica del golf. Yo me veo muy bien llevando unos palos en el maletero del coche permanentemente y soñando con eagles y birdies. No faltaría, supongo, quien retomase el sueño de ser actor de teatro o farero. En el caso de los ultras tal vez podrían reconvertirse en predicadores desquiciados y machistas, como Tom Cruise en Magnolia.La inesperada vida sin fútbol se habría consumado después de una revuelta mundial, que prendió cuando un aficionado del Madrid, pongamos que vecino de la plaza Pedro Zerolo, arrojó desde un cuarto piso su televisor en una tarde que el equipo blanco volvió a empatar, al grito de “Estoy harto de gilipolleces. Se acabó el fútbol”. El gesto hizo gracia y se contagió, primero a todo el barrio, luego a la ciudad, al país y al fin al mundo entero, deseoso de celebrar una revuelta útil, pacífica, que ampliase el tiempo libre. Puesto que estaban a punto de empezar los Juegos Olímpicos de invierno, los hinchas más fanáticos suplieron la amputación de su deporte favorito con el hockey y el esquí alpino, aunque haciendo incursiones en el bobsleigh e incluso en el curling, siempre tan agónico.

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