Tres cosas significaban la felicidad más absoluta para mi bisabuela Elvira: que al Madrid le pitasen un penalti a favor, que el toro derribase al caballo durante el tercio de varas y sentarse a contemplar el fuego mientras comía gusanitos de maíz. Que yo recuerde, nunca salió de casa sin su caja de cerillas y una navaja chata que le servía para casi todo. En cuatro rastrojos secos adivinaba ella una oportunidad de gozo y esa fue, quizás, la mejor lección que yo haya recibido jamás sobre la verdadera naturaleza del madridismo: disfrutan del fuego, viven del fuego, son el fuego.
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