Andaba yo bailando el vals con uno de mis gatos en brazos, que es como acostumbro a acompañar las series de pases tan propias de los equipos entrenados por Pep Guardiola, cuando el teléfono móvil me avisó de que tenía un mensaje nuevo. Lo enviaba un buen amigo desde Londres, solicitando atención para el rictus de José Mourinho cada vez que las cámaras de televisión constataban su presencia, como si el desarrollo del partido invitase a recalcarla para que nadie pudiese acusar al técnico portugués de incomparecencia. “Esa cara de tenerlo todo bajo control cuando lo están bailando es de estafador profesional”, decía el pequeño comunicado de mi estimado, un buen conocedor de los banquillos, los vestuarios profesionales y el fútbol en general. Siguiendo su consejo regresé a la comodidad del sofá, fijé mi atención sobre la televisión, y a la que apareció el señalado en pantalla no puede más que mostrar mi disconformidad con el veredicto.
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