En las afueras de Stamford Bridge, finalizado ya el encuentro entre el Chelsea y el Atlético de Madrid, a Germán Burgos le brotó su facilidad para crear metáforas. Construcciones figuradas en su cabeza de forma espontánea que lo mismo pueden resumir la vida misma en dos palabras que radiografiar el estado de ánimo de un equipo que acababa de consumar su eliminación de la Liga de Campeones. “Nosotros siempre firmes, como los rizos de una estatua. No nos vamos a venir abajo”, advertía Burgos, mientras exhalaba pausado el humo de un cigarro americano. Unos minutos antes, Diego Pablo Simeone, en la angosta sala de prensa del estadio londinense, había hecho un llamamiento a la obligación de pelear por la Liga, la Copa y la Europa League. Afuera, Burgos también meditaba sobre una de las principales consecuencias de la eliminación de la Champions, lo que supone disputar esta competición para la planificación y el día a día del plantel. Cuando de comienzo en febrero y mientras siga vivo en ella, el Atlético jugará la mayoría de sus en domingo. Un contratiempo muy exigente. La Liga Europa se disputa los jueves y cuando los partidos sean fuera de casa el equipo aterrizará en la madrugada de los viernes. No hay apenas lugar para el descanso porque tocará preparar los partidos de Liga ese mismo viernes y el sábado.
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