A Alavés y Las Palmas les sobran los motivos para apretar los dientes. Parten del descenso y enfrentaban su buen estado de ánimo tras la remontada brutal de los alaveses en Girona y la victoria de los canarios frente al Betis de su extécnico Setién. Por esas cosas que pertenecen al territorio desconocido del fútbol, solo los apretó al Alavés, como si la presentación de Abelardo en Mendizorroza le hubiera inyectado adrenalina en vena. Desde el pitido inicial, el Alavés brilló como un rabioso neón frente a la lánguida luz de una vela canaria. El balón corría como una liebre entre las botas de los albiazules y se enredaba como un pato entre las piernas de los canarios. La hiperactividad del Alavés, lleno de chispazos de colores, redujo el campo a la mitad, dejando su parte como un páramo deshabitado. Burgui, por dentro con Ibai Gómez y Pedraza en los costados, eran como un cuchillo con triple filo que sacaba las capas de cebolla de la defensa de Las Palmas.
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