Hubo gente en la comisión deportiva del Barcelona que abogó por nombres sugerentes y magnéticos como Sampaoli, Klopp y Conte, entrenadores de éxito que acaparan portadas por su buen hacer. Pero el secretario técnico Robert Fernández se negó en redondo porque no pasaban la criba, porque en ocasiones anteponían su figura al colectivo y porque tampoco conocían la casa. Hubo más dudas con Koeman, Óscar García y Eusebio, técnicos que sí daban el perfil. Pero entendía Robert que ninguno cuadraba tanto como Ernesto Valverde, que cumplía con todos los requisitos: sus nociones tácticas estaban fuera de toda duda; su lado institucional no originaría problemas con la prensa ni con la FIFA –porque en el club hay quien todavía no entiende por qué Luis Enrique no fue a buscar el galardón que le señalaba como el mejor entrenador-; y su mano izquierda con el vestuario se antojaba capital para un equipo que había perdido poder sobre el césped. “Robert escogió a Valverde casi un mes después de que Luis Enrique advirtiera su posible marcha en la pretemporada de hace dos cursos”, explican desde las oficinas del Barcelona; “siempre dijo que era el entrenador adecuado para sacar lo mejor de los máximos jugadores posibles”. El tiempo parece darle la razón. Y eso que el mister se ha cargado de un plumazo axiomas azulgranas que parecían sagrados.
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