El obituario empezó a escribirse el lunes por la mañana. Giampiero Ventura, un genovés de 69 años y ni una sola gesta en los banquillos como la que todo el país le suplicaba, sospechaba que ni siquiera una victoria iba a llevarle al Mundial. La tifoseria, instalada en un bucle de indiferencia en los últimos tiempos, amaneció predispuesta a la tragedia. Los jugadores, desquiciados por el dramatismo histórico del partido, admitieron que el encuentro, más que en la hierba, se jugaba desde hacía días en el diván. Italia, unificada hace poco más de 150 años, apenas logra disimular sus costuras ante dos grandes fenómenos de comunión colectiva: un Mundial o una catástrofe natural. Anoche en Milán su selección invocó ambos sucesos en un mismo escenario y abrió una herida que tardará mucho tiempo en cicatrizar.
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