lundi 9 octobre 2017

Muniain emprende su segunda resurrección

Aquel 30 de julio de 2009, ante el Young Boys, suizo, nada rutilante en el firmamento del fútbol, a Iker Muniain, 16 años y pico, se le encendieron las luces largas del fútbol. No solo era un pequeñajo (uno sesenta y pico), sino un mocoso con un desparpajo insultante que lo traía de serie desde La Txantrea en Pamplona al margen de su carnet de identidad. Igual por eso le llamaban Bart Simpson, porque era una lagartija imprevisible dentro y fuera del campo, porque le gustaba saltarse los semáforos del juego, o sea los rivales, en vez de esperar a que los semáforos se pusieran en verde para acceder al área entre amontonamientos de peatones. Aquel 30 de julio de 2009, ante el Young Boys, nació Muniain al fútbol, con la mirada torva de los aficionados que entreveían o creían entrever un casting exagerado de Joaquín Caparrós, entrenador del Athletic entonces, por batir todos los récords de debutantes en el primer equipo. Fueron muchos y Muniain parecía uno de ellos. Pero no lo era. Muniain, como Bart Simpson, tenía ingenio y ese punto de locura que lo mismo proviene de la adolescencia que de la madurez apresurada.

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