Gareth Bale va de chasco en chasco. También el Real Madrid, desvelado por el inquietante marchitar del fichaje más caro de su centenaria vida. Llegó como un futbolista con frac. Como otro jugador cósmico destinado a recibir el testigo de CR y hasta el de Messi. Pero resulta que lejos de haber sido el arma nuclear que se anunciaba, en el inicio de su quinta temporada en Chamartín el galés está refugiado en las cuerdas. Sonado ante tanta calamidad y tanto azote: no sale de la enfermería, le llevan a rebufo Isco y Asensio, le han marginado de la lista de 30 aspirantes al Balón de Oro y se ha quedado sin Mundial. Bale lo tiene crudo, muy crudo.
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