Hace unas semanas supimos que el Celta había sido sancionado por no colocar a los espectadores en el estadio de Balaídos como Dios manda. El asunto tiene que ver con una norma aprobada por LaLiga, que así se hace llamar el organismo que vela por los intereses del fútbol profesional, norma que obliga a los clubes a llenar de paisanos aquella zona de la grada que más sale en televisión. El caso es que el Celta no cumplió la ley en dos partidos. El primero, contra la Real, se disputó el 19 de agosto a las 18.15 de la tarde. El tórrido calor que hacía en Vigo invitaba a apurar la tarde, pongamos, en la playa de Samil. Y no es extraño que los fieles que acudieron a Balaídos, casi 17.000, buscaran una sombra donde cobijarse. Así que los parroquianos que en esa tribuna televisiva debían permanecer huyeron, incapaces de aguantar el inclemente sol que les caía en la mollera. Y el Celta permitió el éxodo. Y en el pecado lleva el club la penitencia, obligado como está a pagar una multa cuya cuantía se desconoce pero que se antoja dolorosa. Uno piensa que el Celta debía haber actuado como aquel consejero del Gobierno de Madrid, que como solución al achicharramiento que los niños sufrían en los institutos por la falta de aire acondicionado propuso que hicieran unos simpáticos abanicos de papel. Por ahí debía haber ido también el club vigués, regalando a sus feligreses unos gorritos que sin duda habrían hecho más llevadera la insoportable canícula, solución que además garantizaría la supervivencia de los periódicos de papel.
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