El jugador más temido de la historia del rugby, un gigante con una capacidad atlética impropia de su metro y 92, sería hoy un bajito ante segundas líneas de dos metros. Pero Colin Meads, fallecido esta madrugada en Nueva Zelanda a los 81 años víctima de un cáncer pancreático, fue un titán en los sesenta. Pocos representan una época como lo hizo él. Sus historias en los rucks, con piernas y mandíbulas segadas, sobrevivirán siglos. Meads fue el tipo más duro por su forma de impartir justicia en una era a años luz de los jueces de vídeo actuales y por su longevidad. No ha habido un All Black más venerado.
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