Ya no llueve en el Tour, que ahora se cuece al calor del sol de julio, pero, olvidados los charcos, el pelotón ha encontrado nuevas razones para el miedo que sumar a las caídas en las llegadas. La carrera termina el miércoles a 1.000 metros, en lo alto de la Planche des Belles Filles, en los Vosgos, y Chris Froome amenaza con dinamitarla, con matar el suspense, el sentido de la disputa.
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