Si no se perdían ninguna pelada [pachanga] de su padrastro Marcos Antônio do Nascimento no era por el placer de verle jugar, sino porque cuando había descansos entre los partidos se ponían a chutar y a pasarse el balón como si no hubiera mañana. Era la pasión de José Paulo Bezerra Maciel Júnior, Paulinho (São Paulo, Brasil; 29 años) y de su hermano mayor Erik. Aunque para fortuna del renacuajo de siete años, una mañana lo vio un ojeador y decidió ficharle para el Lauzana Paulista, club de fútbol sala que saciaba su hambre de balón porque bien saben en la Escuela Municipal Romão Gomes que era más fácil verlo en las canchas que en el aula. Pero llegaron los días en que la pelota dejó de ser lo más importante y Paulinho estuvo a punto de quitarse las botas para siempre. Una desidia que recondujeron su madre, primero, y su mujer, después; virajes que ahora, jugador del Guangzhou pretendido por el Barça, quedan lejos.
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