El sábado, mientras el sol le metía los codos a las nubes de Londres, Roger Federer paseaba plácidamente por una de las barrocas diagonales del All England Tennis Club. Sonreía el suizo mientras caminaba con esos andares de Sir, relajado mientras departía con su entrenador y también cuando le tocó exponerse a una grabación en una de las terrazas. Desfilaba de un lado a otro abriendo y cerrando puertas, subiendo y bajando escaleras como quien está en su casa de campo, porque al fin y al cabo, Wimbledon es su jardín, su balneario, algo así como Federerlandia. Así como el Bois de Boulogne parisino es el idílico retiro primaveral de Rafael Nadal, en el distrito 19 de la capital inglesa el que tiene las llaves, dispone y ordena es él, Federer.
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