“¡Una serie más, va!”. Empapado en sudor, con la camiseta completamente adherida a su cuerpo y goteando de arriba abajo, Rafael Nadal pedía este jueves a sus técnicos una dosis extra de trabajo. Peloteaba y castigaba bolas en la pista 4, bajo un sol de justicia en París, mientras en la pista paralela el rival al que se medirá mañana en las semifinales, Dominic Thiem, se aplicaba también con una intensidad muy elevada bajo la atenta supervisión de su padre y su preparador. Ahora bien, lo de Nadal en los entrenamientos es un espectáculo único.
Ayer, apesadumbrado por el mal fario de Carreño, buen amigo suyo, el balear intentaba relativizar toda la estadística que le acompaña, que habla de su Roland Garros más imponente tanto en términos de sets cedidos como de tiempo. De camino a las semifinales, el mallorquín ha empleado menos de ocho horas en la pista; en concreto, 7h 54m, lo que rebaja de forma ostensible la cifra de 2008, la edición en la que ganó con mayor exuberancia el grande francés. Aquel año, Nadal permaneció 10h 14m en la pista durante los cinco primeros partidos.
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