Los gigantes crecen en la montaña, pero maduran en los valles, por donde Fabio Aru y Alejandro Valverde, atacantes lejanos, pasan resoplando contra el viento. Su fuga lejana muere allí, al pie del Plateau de Solaison, donde les alcanzan Chris Froome y la gente que le sigue a rueda, mejor pertrechada para la travesía gracias al polaco Michal Kwiatkowski, un polaco de su Sky que le guía, le lleva y le acelera como una locomotora de AVE. Entre los que van con él –unos cuantos que ejercerán de secundarios o de sorpresa en el Tour, como Romain Bardet, Jakob Fuglsang, Dan Martin, Louis Meintjes o Emmanuel Buchmann, un alemán prometedor y joven, y también Alberto Contador, que querrá ser protagonista en julio—no está Richie Porte, que atraviesa el valle solo, casi dos minutos después, tirando de sí mismo con sus fuerzas y su necesidad, y su orgullo.
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