Nadal era un alma perdida, casi rota, hasta hace solo unos meses. Se pasaba los torneos buscando al antiguo Rafa Nadal y no lo encontraba. Se presentaba a los torneos y preguntaba «¿Me han visto?». Pero ante Wawrinka abandonó su desierto y volvió a jugar al tenis en una mezcla de vals, béisbol y relojería. Alcanzaba a todas las bolas a tiempo de hablar con ellas y desengañarlas. Su rival no tardó en llegar a ese punto en el que ya no pides ganar sino encontrar un enchufe o un rayo que desordenase la inercia. Nada de eso pasó, y afloró la desesperación, que es el efecto que produce el mejor juego de Nadal. Niegas con la cabeza, rompes la raqueta, te metes la bola en la boca. Ahí se advirtió que Nadal había abandonado su flirteo con la decadencia. No había nada que hacer. A mitad del segundo set Wawrinka me recordó a un tipo con el que me crucé el otro día, y que iba mirando el suelo con cara de fastidio, mientras se quejaba de que no había colillas tiradas para tener algo que fumar.
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