A finales de abril, cuando Novak Djokovic fue eliminado por David Goffin en los cuartos de final del Masters de Montecarlo, sonó el teléfono de Andre Agassi, instalado en el oeste de los Estados Unidos. El serbio quería hablar con él, pero no solo de tenis. También quería comprobar Nole si había feeling, si estaban en la misma onda y si el norteamericano, poseedor de ocho Grand Slams, podía echarle una mano para enderezar el rumbo profesionalmente. Agassi dudó. Efectivamente, había conexión, química, un diálogo que confluía y por delante una propuesta de lo más atractiva: reimpulsar al diezmado Djoker. La toma de contacto fue positiva, pero la alianza no cuajó.
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