La generación madridista del 78 hizo tres viajes de fin de curso a Tenerife, dos de ellos sin su consentimiento. Fue una generación arruinada en la adolescencia por dos Ligas perdidas, la primera increíble y la segunda cantada. Desde entonces esa generación no tolera los porteros con gorra, los defensas con bigote, los delanteros calvos y, por encima de todas las cosas, los madridistas.
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