Gonzálo Higuaín parecía cansado, sobrecargado y torpe. No llegaba al balón. No conectaba con los centros. Se tropezaba. Gesticulaba. El sudor le bañaba la melena rala y el rostro contraído por los nervios. Parecía un delantero crepuscular en esos minutos iniciales del partido en los que, del otro lado de la cancha, brillaba el serenísimo Kylian Mbappé en cada intervención. Sin transpirar. Sin parpadear. Impasible entre explosiones de potencia y habilidad que desconcertaban a Bonucci, Chiellini y Barzagli, tres de los defensas más expertos del mundo. El partido giraba en torno a las maravillas de este chico de 18 años, último objeto de deseo de la industria del espectáculo, cuando la acción se trasladó hacia la otra portería. Allí apareció Higuaín, repentinamente enérgico, para meter el primer gol y celebrarlo como un salvaje frente a la curva donde rugía la hinchada visitante. Media hora después el argentino haría el 0-2 y pondría a la Juventus en situación privilegiada para sellar el pase a la final, dentro de una semana en Turín.
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