Cuando Honda decidió dar el paso más revolucionario de los últimos tiempos (técnicamente hablando) supo que debía armarse de paciencia. Cambiar radicalmente la concepción del motor y pasar de un screamer a un big bang requeriría de mucho trabajo y mucha confianza. La adaptación del nuevo motor a la máquina debía de pasar por una serie de fases. La primera: entender el funcionamiento del mismo y sus efectos sobre el pilotaje para así poder manejarlo con la electrónica. Era lógico llegar a la conclusión de que se perdería potencia, en términos de velocidad punta, pero se aceptó si se mejoraba la aceleración y la manejabilidad de la máquina, pues ahí incidían las quejas de los pilotos en los últimos años. Y cuando en casa tienes a uno que ha ganado tres títulos Mundiales en cuatro años, caso de Marc Márquez, hay que saber escuchar.
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