Se abrió la puerta de la atestada sala de prensa del Vicente Calderón y emergió Diego Pablo Simeone decidido, reforzado por una sonrisa que se preocupó de remarcar muy mucho. Eliminado, pero entusiasmado por la actuación de sus muchachos, por haber logrado que durante 40 minutos el Madrid viviera en el alambre de la eliminatoria. No había rastro del entrenador derrotado y hundido que hace poco menos de un año en San Siro puso en jaque a la dirigencia atlética y a su afición con aquel amago de marcha. “Estoy feliz”, dijo para justificar su dilatada sonrisa.
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