La cara de mármol que hay que tener para intentar, siquiera intentar, lo que intentó este individuo. De Benzema hablamos, por supuesto. Mucha jeta hay que gastar para recibir aquel balón y avanzar con él por el alambre mientras tres tíos te gritan al oído que por ahí no pasas, aunque apenas hagan nada por evitarlo. Total, salir de allí parecía prohibido, al menos para cualquier mortal que no conozca las reglas del escapismo. Pero ocurre que en aquello del arte de desaparecer, de hacerse invisible, de pasar inadvertido o enviar por delante a la propia sombra a modo de señuelo, no hay jugador en el planeta comparable a Benzema. La jugada, que acabó en el gol de Isco y que pasará a la historia como uno de esos imposibles que todavía es capaz de regalarnos el fútbol, sirvió para que el Madrid enterrara cualquier esperanza del Atlético de llegar a la final de la Champions, lo que soñó durante cuarenta minutos empujado por más de 50.000 creyentes, que confiaban en la proeza pero a quienes Benzema obligó a confiar en los milagros, asunto de mayor enjundia para el que se requiere una fe rayana en la inconsciencia.
source Portada de Deportes | EL PAÍS http://ift.tt/2rfweJH
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire