Había dos Gino Bartali, el ciclista, llamado el hombre de hierro, y el ser humano, que quería permanecer secreto. El Giro salió de su pueblo, Ponte a Ema, un suburbio de Florencia, y recordó a los dos Bartali. Recordó al ciclista fumador y de voz ronca, conocedor de traiciones, de extrañas alianzas en el pelotón, de ataques hasta perder el sentido, de resistencia hasta que no quede aliento, de todo lo que hace al ciclismo grande, y de infatigable oposición y celos a Fausto Coppi, el campionnissimo que todos querían ser. El ser humano Bartali es el que andaba todos los días en sandalias y cuando murió, a los 86 años, pidió que le enterraran con ellas y con su hábito de terciario carmelita; es también el que no abrigaba ningún deseo impuro y que secreto transportaba los años de guerra en los tubos de su bicicleta documentos de Florencia a Asís que salvaron la vida a decenas de judíos. Unos cuantos lo sabían mientras vivió. A todos les obligó a callarlo. Solo lo contaréis cuando muera, les hizo prometer. Con el espíritu inconformista de Bartali, cuya autobiografía se titula algo así como Todo está equivocado, todo hay que hacerlo de nuevo, y bien que lo entendían muchos, comenzó la etapa de la recuperación de los triturados en la contrarreloj, el Giro del castigo a Dumoulin de rosa soberbio. Terminó en Romagna, en territorio Pantani, y la ganó un escalador español, un chaval de 26 años de Santurtzi, llamado Omar Fraile, un hombre feliz tras un día muy peleado por los Apeninos inclementes.
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