Parece que se confirman los mejores pronósticos y el Fútbol Club Barcelona acaricia con la yema de los dedos el final de una temporada que, salvo sorpresa de última hora, arrojará un balance absolutamente histórico. Tan solo una victoria en la final de Copa podría enturbiar la amable percepción de unos aficionados que han visto cómo su equipo, constante y categórico, ha ido arrojando por la borda cada una de las grandes competiciones disputadas con ese desdén aristocrático que siempre acompaña a los grandes hundimientos. Su actitud me ha recordado a la de aquel noble inglés que se negó a salir a la cubierta del RMS Titanic con una mancha de vino en la camisa y murió en su camarote, en compañía de su ayuda de cámara, tratando de decidir si tan grave ocasión obligaba al uso de las mejores galas o, si por el contrario, resultaría más conveniente afrontar la catástrofe luciendo cómodas prendas de sport.
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