Fueron años locos, confusos. El madridismo se revolvía incómodo ante la incapacidad manifiesta de combatir aquella plaga mediterránea de tenaces messiniestas que escondían la pelota por vicio y cerraban todas las puertas con llave. Los más optimistas fiaban su fortuna al péndulo invisible que marca los ciclos en el mundo del fútbol mientras que los agoreros, siempre en silencio y al calor de una confortable intimidad, sopesaban los pros y contras de reconocer, sin paños calientes, la realidad del holocausto. Así fue, y no de otra manera, como se forjó la llegada de José Mourinho al Real Madrid, autorizado por un deslumbrante palmarés e investido con los poderes que otorgan las medidas desesperadas.
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