Arón Canet es menudo y cualquiera diría que es futbolista, por sus piernas, algo torcidas, como los peloteros de mis recuerdos de infancia. Pasional y bromista, tantas ganas tenía de ganar que muchos domingos se cayó cuando mejores cartas le habían salido. Le pasó, por ejemplo, en Austin, la última carrera, donde partía desde la pole y había dominado la pista y la tabla de cronos todo el fin de semana. Pero todos sabían que el triunfo estaba cerca. Ocurrió que llegó cuando menos se esperaba, en una carrera tan luchada de principio a fin que parecía correrse de noche en una carretera cualquiera, lejos de las reglas de los circuitos. Pero el escenario era Jerez y ahí los pilotos españoles se crecen.
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