Hay muchos públicos en Augusta y Severiano Ballesteros aguantaba a pocos. Ni a los patanes que llenan el Hooters por las noches y siguen los partidos con grandes vasos de cerveza y grandes voces, ni a los remilgados que estos días aplauden a Sergio García porque el chico ha cambiado, ha madurado, no se queja. Tampoco a ellos les gustaba el Seve que como un huracán irreverente llegó a finales de los setenta desde un lugar remoto para cambiarlo todo, iconoclasta emotivo y obstinado, un genio. Había periodistas que le llamaban Steve, y él creía que lo hacían para hacerle rabiar, porque también se reían de su inglés de piel roja y de su estilo directo de hacer las cosas.
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