Tras abandonar el vestuario de San Paolo, duchado, perfectamente peinado y vestido con el traje oficial, Cristiano Ronaldo estuvo a punto de subirse al autobús del Nápoles en lugar de al del Real Madrid. Un miembro del personal del equipo agarró al portugués por el brazo cuando ya enfilaba las escaleras. Puede que estuviera dándole vueltas todavía a ese disparo al palo en la primera mitad que habría cortado de raíz cualquier esperanza de remontada para los italianos. O que marcharse de su sexto partido consecutivo de Champions sin marcar le hubiera dejado absolutamente fuera de juego. Desde la temporada 2008-2009, con el Manchester United, no vivía una racha tan poco productiva.
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