A la tardía luz invernal de un sol que se niega a ocultarse, las sombras de los ciclistas alcanzan las cunetas de nieve en el Terminillo anunciando la llegada de Nairo Quintana, vencedor. Detrás, de uno en uno, en hilera deslavazada, los demás. Poco después, siempre solo, subió al podio de la Tirreno-Adriático, la primera gran carrera del año, y se vistió azul de líder. Le quedan, para defender su tesoro, una dura etapa el domingo, de repechos sin fin hasta Fermo a través del corazón del terremoto de las Marcas, Amatrice, Accumoli, los pueblos destruidos, las vidas, el sol cegador. El martes, para cerrar, una corta contrarreloj. El segundo en la general, el gemelo efervescente inglés Adam Yates, está a 33 segundos. Dentro de dos meses apenas, por estas mismas carreteras, contra los mismos rivales, el líder del Movistar, de 27 años, estará jugándose el Giro.
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