En todas las gradas, en mitad de la fiesta, hay siempre un runrún deleznable, difícil de erradicar. No importa qué gradas: todas. Unas veces el runrún cobra forma de frase que pronuncia una sola persona, y otras de cántico a coro. Es un grito, pero también puede ser un bisbiseo, como hace años ocurría en los campos de fútbol holandeses cuando jugaba Ajax de Ámsterdam. El club, que en los años treinta tuvo su estadio en el barrio judío, asumió con orgullo esas raíces, al punto que su directiva las estimuló, y miles de sus aficionados animaban a la plantilla al grito de “judíos, judíos, judíos”.
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