No hay guardias en la puerta de la Ciudad Deportiva del Rayo Vallecano. El tránsito de vecinos, curiosos, aficionados, jugadores y empleados del club es fluido desde primera hora de la mañana. El menú del día del restaurante, a ocho euros y medio, promete paella, alcachofas con jamón, boquerones y postre. Desde las mesas con mantel de papel, a través del ventanal, se puede ver a Pipo Baraja dirigiendo la práctica en el campo principal ante un puñado de aficionados que se encogen bajo la lluvia para ver de cerca a los jugadores. El miércoles, en esas mismas gradas, un grupo de hinchas se manifestó contra el fichaje de Roman Zozulya por su presunta filiación neonazi. Ayer, en un corrillo de las oficinas, los empleados coincidían en que cometieron un error contratando a un futbolista cuyo militarismo nacionalista manifiesto —en el mejor de los casos— contradice los valores de la comunidad que representa el Rayo. “Este es un barrio obrero, como nuestra afición”, repetían. En toda España no hay un club con más conciencia de clase.
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