La ausencia de Neymar el pasado martes en la semifinal de Copa contra el Atlético de Madrid dejó en evidencia al Barcelona. Un equipo que últimamente tiene querencia por el contragolpe, que sorprende a sus rivales con jugadas de ataque que construye en un abrir y cerrar de ojos: un robo de balón en campo propio, un buen pase y a correr. La definición es obra y gracia de alguno de sus tres magníficos delanteros. O, más bien, normalmente, de Suárez o Messi. Porque quien ha absorbido el juego (especialmente ofensivo) del Barça en ausencia de Iniesta y Busquets en las últimas semanas ha sido el brasileño, un polvorilla, pura samba en un campo de fútbol.
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