Cuando el delantero argentino Carlos Tévez dejó la Juventus en julio de 2015 para regresar a su querido Boca Juniors, 50.000 personas colmaron La Bombonera, en Buenos Aires, para recibir al ídolo. El presidente del club, Daniel Angelici, se enorgullecía entonces de haber podido repatriar al "jugador del pueblo". Y Carlitos le siguió el juego porque hizo delirar a los aficionados con una frase hecha, mientras besaba el césped del estadio porteño: "La plata no compra la felicidad". Dicho eso, Tévez duró solo un año y medio en Boca, su casa, porque el Shanghái Shenhua de China, puso 38 millones de euros por temporada para que el jugador dejara de lado el sentimiento por el club que ama. Si el dinero compró o no la felicidad, es algo que solo Tévez sabe. Los billetes chinos que habían convencido a jugadores cerca del final de sus carreras y a personajes como Tevez, obligados a elegir entre el amor y los dólares, no habían podido, sin embargo, con futbolistas de renombre y buena actualidad en el fútbol europeo. Pero los empresarios chinos, en su carrera contra otros empresarios chinos, parecen decididos a romper esa tendencia con Diego Costa.
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