Hay una cosa peor que tener enfrente a un pivot en racha, tener a dos. El montenegrino Dubljevic desbrozó el camino del Valencia hacia la semifinal a veces a machetazos, a veces con la navaja de bolsillo, siempre con acierto en la disputa y en el engaño, colándose con sigilo entre la vereda de defensores imponiendo su musculatura cuando la hojarasca lo requería. 15 puntos anotó en la primera mitad (de los 49 de su equipo), pero algunos de ellos tan seguidos que por momentos parecía invencible, intratable, indescifrable salvo para sus asistentes. El Gran Canaria sentía que aquella poblada barba era como un bosque lleno de pinchos. Pero ocurrió que cuando el barbudo se fue, surgió otra barba, menos poblada, más afilada, la de Oriola que se dedicó a hacer lo mismo: meter muchas canastas y muy seguidas. Entre ambos desarbolaron al equipo canario, le cogieron tal distancia que la autoestima estaba en juego, balanceándose entre el coraje y la calma, y eligiendo siempre mal la actitud a seguir.
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