No es la primera vez que el Baskonia se guía por un reloj de arena. Se pone a mirar como caen los granos y se le va el tiempo. Así lega a la paradoja, es decir, a perder un partido que pudo ganar y que debió perder. Un punto abajo en el marcador, nueve segundos por jugar, balón en su poder, el Maccabi frotándose los ojos como un niño al que le han perdido su regalo. Tiempo para pensar, tiempo para decidir, incluso tiempo para corregir. Todo se fía a Larkin, el puntillero, y sus compañeros que se convierten en estatuas de sal, en la santa compaña. Larkin yerra la penetración, le frenan y tiene que pasar, mal, como mal menor, y nadie lo espera. Y Hanga que no sabe qué hacer con el balón y lo pasa hacia atrás, atribulado, y el otro que no sabe qué hacer con el balón... Y el reloj de arena que se queda sin granos y suena el bocinazo que le despierta de un sueño posible en el que nunca creyó. Porque siempre fue consciente de que era un sueño. Y pierde el partido (85-84). Y la vida europea, tan feliz hace tan poco, es ahora un hogar con los electrodomésticos averiados.
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