A la frase “los goles no se merecen, se consiguen” o “se hacen”, -según las versiones-, que no se sabe quién dijo por primera vez, hay que añadirle algunos apéndices. Los goles también se sueñan: no hay futbolista que no haya soñado una o mil veces que marcaba el gol decisivo en el partido decisivo, generalmente un gol bello, lleno de dificultad y, quizás, en el último minuto del encuentro. Los sueñan a menudo los que han marcado muchos goles y los que jamás han marcado un gol. Pero al parecer los goles también se sienten, como si sus pisadas persiguieran al jugador destinado a conseguirlo. Esto último dice Edgar Méndez (27 años) que le pasó a él este miércoles en Mendizorroza contra el Celta: “Sé que puede sonar raro, pero mientras estaba en el banquillo sentía que iba a marcar el gol de la victoria”. La frontera, aquí, entre sueño y sentimiento es demasiado delgada, muy estrecha. Las pisadas le persiguieron a Edgar Méndez durante 82 minutos. Los 79 primeros viendo pasar el gol por delante del banquillo donde se acomodaba junto a Pellegrino y los compañeros que quizás también soñaban con el gol, aunque quizás el que más lo sentía era el jugador canario, a juzgar por la convicción con que lo dijo después. Del sueño o sentimiento a la realidad transcurrieron solo tres minutos: los que tardó en desbordar a dos defensas por velocidad, potencia y habilidad y burla la salida de Sergio Álvarez, el barbudo portero del Celta.
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