De cuando en cuando parte del público del Bernabéu decide que lo que más conviene a su equipo es que algunos de sus futbolistas sientan de cerca su desprecio. Está en su derecho. Huelga decir que el que paga manda, que la grada es soberana, que el respetable siempre tiene razón y otras menudencias del mismo tenor. Así que, agarrado a tan incontestables argumentos, un sector de la afición suele proponer un juicio sumarísimo antes incluso de que el balón eche a rodar. Se escuchan entonces en Chamartín silbidos de variadas gamas dedicados, por ejemplo, a Danilo, ese chico que tanto corre y que a veces domina el balón y a veces el balón le domina a él. O a Benzema. Que no corre lo que hay que correr, dicen; que vive preso de su indolencia, lo que por lo visto convierte en papel mojado su capacidad de hacer posible lo imposible. Incluso esa silbatina tan popular suele afectar a Cristiano. Y tanto le afecta que al portugués se le vio en el último partido mascullar un insulto contra quienes le criticaban, improperio que no reproduciremos aquí porque madre no hay más que una.
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