El tenis es un escenario cambiante e imprevisible, tan voluble que lo que un día es oro al siguiente puede parecer hojalata. Pero ni lo uno ni lo otro. El calendario, uno de los más exigentes del deporte, si no el que más, no concede una sola tregua, pero a la vez asegura las reválidas. Y a eso se agarra Rafael Nadal, a quien las cosas le iban de maravilla en Brisbane, rodadas, todo óptimo, hasta que se cruzó con Milos Raonic. El canadiense, cada vez mejor tenista, tres del mundo por derecho propio, le trabó de camino a las semifinales (4-6, 6-3 y 6-4, en 2h 20m) y frenó una progresión muy prometedora, por los indicios que había ofrecido el español en los días previos y la escala anterior en Abu Dabi.
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