Pep Guardiola, apalizado ayer en Inglaterra, está pasando un momento privilegiado su vida. Puede ver ahora, no tan fugazmente como solía en Múnich y Barcelona, a muchos de los que lo odian de verdad, que son los que más tardan en aparecer en la fiesta (pero aparecen) y los primeros en llegar al funeral, cuando no lo organizan directamente. Este género no es despreciable en número y suele estar más cerca de uno que los propios amigos. Son los que esperan. Ocurre en el fútbol y en la vida: sólo sabes el precio de lo que has conseguido cuando te quieren hacer creer que un fracaso invalida lo anterior.
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