Subido a su nueva moto, la Desmosedici que llevaba un par de años mirando de reojo, esa que le adelantaba en las rectas sin despeinarse, esa que desde que llegó a la fábrica de Borgo Panigale había dado un salto de calidad incuestionable, Jorge Lorenzo, el nuevo fichaje de la casa italiana, se confesaba hecho un flan: “Estoy casi más nervioso que en las carreras ahora mismo”. Era el día. La presentación oficial del equipo Ducati. Había acabado el veto y podía hablar, por fin, de cómo se había sentido al probar la moto por primera vez, en noviembre, e incluso de cómo se siente en su nueva casa después de nueve años en Yamaha, tantos como ha estado en MotoGP desde que debutó en la categoría reina en 2008.
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