Para no esperar, el Eibar acabó la faena antes del recreo. La Copa es un premio o un castigo según se mire y según si tienes qué ponerte para una fiesta tan extraña. Osasuna, o sea, Caparrós, prefirió preservar los trajes clásicos y optó por novedades de catálogo. Lo cierto es que en su alineación había tantas bajas (físicas, administrativas o técnicas) que más que un fondo de armario parecía un entresuelo. El Eibar está más hecho, tiene los automatismos más entrenados y con dedos parecidos teclea un fútbol más acorde con lo cotidiano. O sea, que lo que para Caparrós es desierto (voluntario o renacido) para el Eibar es el tráfico de la vida cotidiana. Por eso el balón caía siempre del lado del Eibar, por eso los defensas llegaban antes que los delanteros, por eso parecía que había más vestidos de amarillo que de rojillo. Colocación se llama la figura geométrica. Y por colocación llegó el primer gol del Eibar. Porque Gálvez, un central, sobrepasó las líneas enemigas y encontró al soldado Luna que a su vez encontró al cabo Nano, un delantero clásico que tiene a bien adelantarse unos centímetros a su marcador cuando de rematar se trata.
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