Hay un día para todo. Para festejar y para olvidar. Para apuntar y para borrar. Hay un día para convertirlo en un año bisiesto pero al revés, para atrasar la hora. O sea, para que el Baskonia juegue en el Pabellón de la Paz y la Amistad de Grecia -hermoso nombre para el dolor ajeno- y caiga como un campeón, como dicen los chavales, es decir, con todo el equipo, sin salvedad alguna, como siempre, en las últimas doce visitas, sin remisión, sin argumentos, sin un hilo al que agarrarse. Porque el Baskonia perdió de principio a fin, incluso en el descanso, hasta en los tiempos muertos porque estaba muerto de antemano, agotado, inerte, sin solistas, sin coro, a merced de los temporales de Mantzaris ahora, de Young, de Papanikolau después, de Spanoulis cuando le apetecía. Temporales que iban y venían sin necesitar el viento, bichos raros que gobernaban la defensa, el ataque, el rebote, las personales, los triples, todas la artes de la baraja que a veces es el baloncesto.
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